2014年12月14日星期日

Tres dedos de alambre, un trozo de metal y una pizca de ingenio

Quizá se pueda pensar de una sencilla y pálida pieza de alambre como un ente sin mayor valía que la de servir de transporte eléctrico, conexión o sujeción; diríamos eso de ella si la considerásemos desde la perspectiva de un ser frío y
sin alma, que vive motivado sólo por su programación interna. Diríamos eso… sí, lo diríamos; si fuéramos criaturas en cuyo seno no palpitase en febril agonía el estigma del arte, esa misteriosa criatura de la que no podemos deshacernos y que nos hace amar aquello que otros seres vivos pasarían por alto en busca de algo más importante para ellos (el alimento).
El fantasma del arte, para bien o para mal, bulle insaciable, siempre demandante, siempre en espera de algo que satisfaga sus ansias de belleza, de un quiebre de la monotonía, de una puerta trasera que expanda los dominios de la realidad. Se halla donde quiera que exista un ser capaz de implicarse emocional o inconscientemente con las formas que impresionan; el alma detrás del ojo, los sonidos que estremecen el diapasón íntimo, la aspereza, el calor o la blandura de una superficie. No es de extrañar, pues, que estos mismos seres sean capaces de estar tan cerca de la perfección, quizá más que ningún otro. Y todo lo que necesitan son unos granos de arena, algunas motas de polvo, un elemento básico, tal como algunos abalorios, con el que erigir monumentos que trascienden la obra destructora del tiempo.
Tres, dos, uno… para comenzar no se requiere mayor entrenamiento que algunas sesiones basicas de aprendizaje. Doblar y retorcer al indefenso alambre se convertirá en uno de los pasatiempos más demandados. Hacer presión sobre su delgado cuerpecito de metal galvanizado con colores añil, borgoña o carmesí; cercenar su longitud obteniendo elementos más pequeños con los que trabajar a gusto. Luego, con la destreza de un cirujano galardonado, obrar la magia de erigir una obra de arte, colocar cuentas deabalorios, esferas traslúcidas, cristales de ensueños, decoraciones sin fin. Enrollar el alambre de tantas formas que hasta la fuerza del empeño termina por agotarse de lo innumerables que son.
Carretes de alambre que van rotando delicadamente mientras una mano artesana amasa los abalorios al por mayor, desplegados sobre la superficie de la creación. Un remesón en la médula, una sacudida eléctrica en el alma, un panal hormigueando en el pecho… en realidad no se puede definir; quizá sea suficiente con llamarlo arte. El milagro ha nacido, con el horno de la creación aún caliente, una obra de arte se ha materializado en el mundo. Enrolladas sobre sí mismas, como tímidas criaturas que intentan cubrirse el rostro, las piezas de alambre se han convertido en sendos espirales distribuidos a voluntad de la mano artista; llegando a constituir un todo armónico de gran belleza visual.
Surgidas de unas humildes piezas de abalorios al por mayor, se les verá suspendidas, derramando belleza a través de los delicados cuellos que tengan la oportunidad de lucirlas.

没有评论:

发表评论